…De repente, un gran estruendo comenzó a oírse, como una tormenta que se aproxima, como cuando el mar se pone fuerte y más fuerte, así se oía. Era asombroso, lo que había comenzado como un suave susurro ahora tomaba una fuerza intensa, y lo que se escuchaba como un ruido comenzó a tomar forma en los oídos de quienes estábamos alrededor de ese lugar.
¡Siiii, lo viiiiií! ¡Yo lo vi primero! peleaban dos entre sí. Luego alguien más gritaba: ¡Increíble, me vio, me vioooooo! y alguien ganaba en voces diciendo ¡Es Él, es Él, lo salude, es mucho más increíble de lo que pensé!
Quienes gritaban eran una gran multitud de piedras comunes y corrientes que no se callaban, y que no eran muy finas ni elegantes al hablar (como es de esperarse de unas simples piedras del camino). En fin, ellas sabían algo tan grande, habían sido testigos de algo tan maravilloso que no podían dejar que pasara un segundo más sin contar su historia y agradecer con su vida haber sido parte de ese momento.
Mientras tanto un burro que pasaba pensaba dentro de sí: “¡Hoy si que soy popular! ¡¿O será que lo dicen por Él, por quien viene conmigo?!…
(Lucas 19:30-40) Esta sería la historia que leeríamos si los discípulos no hubiesen clamado a gran voz dándole la gloria a Dios por la vida de Jesús. En el verso 40 Jesús habla a los malos de la historia y les dice: “si estos callaran, las piedras clamarían.” Nuestro reto esta semana será que nuestra vida entera alabe el nombre de Cristo; que todo lo que somos adore a Dios en espíritu y en verdad (Juan 4:23). En otras palabras:
que las piedras callen mientras nosotros vivamos.
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