
Ignorado en su momento, Vincent Van Gogh (1853-1890) acabaría convirtiéndose en el pintor más cotizado del mercado del arte. Hijo de un pastor protestante, el artista hizo profesión de fe en la Iglesia Reformada holandesa. Su vocación espiritual le llevó entonces a trabajar como evangelista entre los mineros de carbón belgas. Pero su experiencia de ministerio le lleva a una crisis, que culminará en la locura que le conducirá finalmente al suicidio, cuando intentaba sobrevivir como pintor en Francia.
La vida de Van Gogh transcurre entre la heroicidad y la lucha, en una “gran noche”, que Paul Klee llamó su “tragedia ejemplar”. El culto a su genio y su locura hace que no podamos ver su arte, sino como fruto de un “martirio”. Ya sus primeros años los recuerda como marcados por una “luz oscura”, pero ¿cómo era el medio calvinista en que creció?. Muchos se imaginan una educación bastante estricta, pero la verdad es que su padre era un pastor reformado bastante liberal. Hablaba más de Cristo como ejemplo, que como sustituto del pecador, por lo que había sustituido la teología evangélica por un moralismo bastante asfixiante.
Para Van Gogh, el cristianismo consiste en un amor que Cristo despierta en nosotros, pero que nosotros debemos lograr con todos nuestros esfuerzos. No es extraño que sinceramente el artista pensara, que para su padre, él nunca llegó a dar la talla. Tal fe lo que pone en evidencia es todas nuestras faltas y contradicciones, pero no hay en ella ninguna buena noticia.
“Pintar es una fe”, le escribe a su hermano Theo (493). Predica así con sus imágenes, como se ve en el cuadro que hace tras la muerte de su padre. Muestra una gran Biblia, que recibió de él como herencia, abierta por Isaías 53: el anuncio del Siervo sufriente del Señor.
El arte se hace así religión. Porque Cristo es para Van Gogh, el más genial de los artistas, ya que “hace a la gente viva, inmortal” (635-636). Y hasta el final, Jesús sigue siendo su ejemplo, en su misión como artista. Pero no es nada más que eso, su ejemplo en una vida sin Dios, buscando su salvación por su propio camino, “a través del dolor a la gloria”. Porque a pesar de la incomprensión que sufrió, él siempre creyó en su arte, que vió como un evangelio para la humanidad: “consuelo para las próximas generaciones”. Es esa confusión la que le lleva a escribir en una de sus cartas poco antes de su suicidio, que se veía a sí mismo “como un bonzo, un simple adorador del eterno Buda” (701). Pero incluso cuando habla en lenguaje cristiano su fe no es más que fe en sí mismo.
Y es así como muchos de nosotros queremos todavía con nuestra capacidad creativa, como dioses, crear nuestra propia verdad, en nuestro propio “universo” personal “renacido”. De ese modo intentamos vivir y morir, creando nuestra propia existencia, aunque su final no nos lleve más que a una destrucción eterna. Y ¿no puede ese dios pedir a veces sacrificios humanos?. Sí, por ejemplo cuando pierdes tu capacidad creativa. El suicidio se convierte así en tu último acto creativo. Esa es la tragedia de Van Gogh, pero una tragedia nada ejemplar. Es por eso que su mirada muestra la pasión de la desolación, del temor ante un vacío que le hace exclamar: “Cuando siento necesidad de religión, salgo por la noche y pinto las estrellas”…
No sé si Van Gogh descubrió que hay Alguien más allá de las estrellas, que nos comprende y nos ama, no por lo que nosotros hacemos, sino por lo que Cristo Jesús ha hecho por nosotros. Escondidos detrás de ese Sol de justicia, podemos vivir en la luz. Pero si confiamos en nosotros mismos, en vez de su vida y su calor, recibiremos su luz cegadora, por lo que tendremos que vivir en terrible oscuridad. Nos da miedo ponernos ante esa luz que todo lo pone en evidencia. Pero no hay mayor consuelo que encontrar refugio a la sombra del Hijo de la Luz.
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