El Último Rechazo (Parte I)

Por cinco años nadie me tocó. Nadie. Ni una sola persona. Ni mi esposa. Ni mi hija. Nadie me tocó. Ellos me vieron. Me hablaron. Yo sentí amor en sus voces. Preocupación en sus ojos. Pero no sentí su toque.

Lo que es común para ti yo codiciaba. Apretones de mano, fuertes y cálidos abrazos. Una palmada en la espalda para llamar mi atención. Un beso en los labios para robar un corazón. Esos momentos fueron sacados de mi mundo. Nadie me tocó. Nadie se tropezó conmigo en una multitud, ni cuando tu hombro se roza con otro hombro. Pero por cinco años esto no pasó. ¿Como puede ser? No era permitido en las calles. Incluso los rabinos mantenían su distancia de mí. No era permitido en mi sinagoga. Ni siquiera bienvenido en mi propia casa.

Era intocable. Era un leproso. Era un impuro. Para muchos un pecador. Y nadie me tocó hasta hoy.

Ese año durante la cosecha el agarre de mis manos parecía débil. Las puntas de mis dedos entumecidas. Primero un dedo y después otro. En un corto tiempo podía agarras las herramientas pero apenas sentirla. Para el final de la temporada, No sentía nada en absoluto. La mano que tomaba el mango pudo haber pertenecido a alguien mas – el tacto no estaba presente. No le dije nada a mi esposa, pero sabía que ella sospechaba algo. ¿Como no lo haría? Yo llevaba mi mano presionada contra mi cuerpo como un pájaro herido.

Una tarde sumergí mis manos sobre una vasija de agua pretendiendo lavar mi rostro. El agua se enrojeció. Mis dedos sangraban, sangraban libremente. Ni siquiera sabía que me había lastimado. ¿Cómo me corté? ¿Con un cuchillo? ¿Acaso mi mano se cortaría con algún metal afilado? Deplano lo hizo, pero no había sentido nada.

“Está en tus vestiduras también” comentó mi esposa suavemente. Ella estaba detrás de mí. Antes de verla, observé los puntos carmesí de mi bata. Por el mayor tiempo posible me paré frente a la vasija, observando mi mano. De alguna manera supe que mi vida había sido alterada para siempre.

“Debería decirle al sacerdote?” Preguntó. “No,” respondí, “Iré solo.”

Volteé y miré sus ojos húmedos. Parada junto a ella estaba nuestra hija de tres años. Agachada, miré su rostro y acaricié su mejilla, diciendo nada. ¿Que podría decir? Me paré y vi a mi esposa. Ella tocó mi hombro, y con mi mano buena, Yo toqué el de ella. Ese sería nuestro último toque.

Cinco años han pasado, y nadie me ha tocado desde entonces, hasta el día de hoy.

El sacerdote no me tocó. Miró mi mano, ahora envuelta en un harapo. Miró mi rostro, ahora ensombrecido por la tristeza. Nunca lo he criticado por lo que dijo. El solo hacía lo que debía hacer. El cubrió su boca y extendió su mano, con su palma hacia el frente. “Eres impuro,” declaro. Con una declaración perdí a mi familia, mi granja, mi futuro, mis amigos.

Mi esposa me encontró en las puertas de la ciudad con un saco de ropa, pan y monedas. Ella no habló. Para ahora mis amigos se habían reunido. Lo que vi en sus ojos era un precursor de lo que vería en cada ojo desde entonces: compasión temerosa.

Al empezar a caminar, ellos retrocedían. El horror de mi enfermedad era mayor que la preocupación por mi corazón – así que ellos, y cada uno de los que vi desde entonces, retrocedió.

Oh, como repudiaba a los que me observaban. Cinco años de lepra me han dejado las manos nudosas. Me faltan las puntas de mis dedos, así como también porciones de mi oreja y nariz. En vista de mi, padres sostenían a sus hijos. Madres cubrían sus rostros. Los niños señalaban y observaban.

Los harapos en mi cuerpo no podían esconder mis llagas. Ni tampoco mi rostro envuelto podía cubrir la rabia de mis ojos. Ni siquiera trataba de ocultarla. Cuantas noches agité mi puño paralizando a los cielos silenciosos “qué hice para merecer esto?” pero, nunca hubo una respuesta.

Algunos piensan que pequé. Algunos piensan que mis padres pecaron. Yo no se. Solo se que me cansé de todo; durmiendo en la colonia, oliendo el hedor, me cansé de la deplorable campana que debía usar alrededor de mi cuello para advertir a las personas de mi presencia. Como si la necesitara. Una mirada y el anuncio iniciaría, “¡impuro!, ¡impuro!, ¡impuro!,”.

- Continuará -

5 Respuestas a “El Último Rechazo (Parte I)”


  1. 1 Benji

    Esta historia me dejo picado…

  2. 2 Chofie

    A mi también me dejo picada!!! :P Quiero saber que pasa después!!!
    **En 2 días tenemos podcast!!! :D**

  3. 3 Hans

    aaaaaaaaah! que pasa despues??? aaaaaaaaaaaaaah!

  4. 4 Giorgio Grotewold

    Me cuestiono cual sera el desenlace, y ya quiero ver el 1er podcast!

  5. 5 sonia

    SPEACHLESS!!!

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