El Último Rechazo (Parte II)

Varías semanas atrás me atreví a caminar el camino a mi aldea. No tenía intención de entrar. Solo el cielo sabe que solo tenía la intención de ver los campos donde solía trabajar.

Observé otra vez mi casa. Y vi, quizás, el rostro de mi esposa. No la vi. Pero vi a unos niños jugando en los pastos. Me escondí atrás de un árbol y los vi corretear y correr. Sus rostros eran tan alegres y su risa tan contagiosa que por un momento, solo por un momento, no fui un leproso, dejé de ser un leproso. Yo era un granjero, Yo era un padre, Yo era un hombre.

Infundido de su alegría, caminé detrás del árbol, erguí mi espalda, respiré profundo…. y ellos me vieron. Antes de que me pudiera retirar, ellos me vieron. Y gritaron. Y se dispersaron uno detrás del otro. Uno pausó y puso su miraba en dirección mía. No se, y no lo puedo asegurar, pero yo creo. Yo verdaderamente pienso, que ella era mi hija. Y no se, en verdad no lo puedo asegurar. Pero yo creo que ella estaba buscando a su padre.

Esa mirada es la que me hizo dar el paso que di hoy. Claro que fue descuidado. Claro que fue riesgoso. Pero que tenía que perder? El mismo se llama el hijo de Dios. Puede escuchar mis demandas y matarme o aceptar mis demandas y sanarme. Ellos fueron mis pensamientos. Me acerqué a él como un hombre desafiante. No movido por fe sino por una furia desesperada. Dios ha traído esta calamidad a mi cuerpo, y El la solucionara o la terminará.

Pero después lo vi., y cuando lo vi. Fui transformado, debes recordar, que soy un granjero no un poeta, así que no puedo encontrar las palabras para describir lo que vi. Todo lo que puedo decir es que las mañanas de Judea son algunas veces frescas y los atardeceres tan gloriosos, que verlos, es olvidar el calor del día anterior y olvidar el dolor de los tiempos pasados. Cuando vi su rostro, vi una mañana de Judea.

Antes de que El hablara, supe que a El le importaba. De alguna manera yo sabía que El odiaba esta enfermedad tanto, pero, no-más-de lo que yo la odiaba. Mi rabia se convirtió en mi confianza y mi ira en mi esperanza.

Detrás de una roca, lo observé descender del monte. Multitudes de personas lo seguían. Esperé hasta que estuviera a tan solo pasos de mi, y entonces di un paso fuera. “¡Maestro!”
El paró y vio en dirección hacia mi así como decenas de personas. Un diluvio de miedo barrio a través de la multitud. Muchos brazos se agitaron frente a los rostros. Los niños se escondieron tras sus padres. “¡Impuro!” grito alguien. Nuevamente, yo no los culpo. Pero apenas los vi. Su pánico lo había visto miles de veces. Su compasión, sin embargo, nunca la había percibido. Todos retrocedieron excepto El. El caminó hacia mi. Hacia mi.

Hace cinco años mi esposa había caminado hacia mi. Ella había sido la última en hacerlo.

Ahora El lo hizo. No me moví. Solo hablé “Señor, si quieres, puedes limpiarme.” Si me hubiera sanado con una palabra, me hubiera sido estremecido. Si me hubiera sanado con una oración, me hubiera regocijado. Pero El no estaba satisfecho con hablar conmigo. El se me acercó. Y me tocó. Cinco años atrás mi esposa me tocó. Nadie me había tocado desde entonces. Hasta hoy.

“Sí quiero.” Sus palabras fueron tan delicadas como su toque. “¡Se limpio!”

Energía inundó mi cuerpo como agua en un campo fruncido. En un instante, en un momento, sentí calidez en donde solo me había sentido entumecimiento. Sentí fuerzas donde solo había sentido atrofia. Mi espalda se ergió, y mi cabeza se levantó. En donde estuve al nivel de mis ojos con su cinturón, ahora estuve al nivel de su rostro. Su sonriente rostro.

El puso sus manos en mis mejillas y estuvo tan cerca de mi que pude sentir lo cálido de su aliento y ver la humedad de sus ojos. “No se lo digas a nadie, sino ve, muéstrate al sacerdote y presenta la ofrenda que ordenó Moisés, para que les sirva de testimonio a ellos.”

Así que ahí es donde me dirijo. Me mostraré ante el sacerdote y lo abrazaré. Me mostraré ante mi esposa, y la abrazaré. Levantaré a mi hija en mis brazos, y la abrazaré. Y nunca olvidaré al único que se atrevió a tocarme. El me pudo haber sanado con una palabra. Pero el quiso hacer más que solo sanarme. El quiso honrarme, Para validarme, para bautizarme. Imaginen eso, indigno del toque de un hombre, aun así digno del toque de Dios.

1Cuando Jesús bajó de la ladera de la montaña, lo siguieron grandes multitudes.

2Un hombre que tenía lepra se le acercó y se arrodilló delante de él. –Señor, si quieres, puedes limpiarme –le dijo.

3Jesús extendió la mano y tocó al hombre. –Sí quiero –le dijo–. ¡Queda limpio! Y al instante quedó sano* de la lepra.

4–Mira, no se lo digas a nadie –le dijo Jesús–; sólo ve, preséntate al sacerdote, y lleva la ofrenda que ordenó Moisés, para que sirva de testimonio. -Mateo 8:1-4

Nuestros corazones son buenos pero nuestras memorias malas, todos hemos conocido el poder divino de un toque. ¿Acaso no estas feliz que Jesús no cometió el mismo error con nosotros?; Ten presente la perspectiva del leproso, Jesús toco a los intocables de este mundo. ¿Haríamos lo mismo?.

Just like Jesus por Max Lucado

3 Respuestas a “El Último Rechazo (Parte II)”


  1. 1 Benji

    Que interesante, las palabras de Jesús sanaron su lepra pero su toque sano su <3.

  2. 2 Chofie

    Wow! :O
    Dios toco mi corazon con esta historia!…(L)…Me imagino que como me siento yo ahora es como ese leproso se sintio con el toque de Jesus…
    Que impresionante es ver que tan solo con ver a Jesus, el leproso tuvo un cambio en su mente, alma y corazon.
    El toque de Jesus puedo sanar cualquier herida!!!…Y nosotros que somos su cuerpo podemos ser sus manos para traer esa sanidad a los que mas lo necesitan!!!

  3. 3 Ricky Z

    Todos se apartaron pero El se acerco, esa podría ser la historia de muchos de nosotros. ¡Dios nos tocó!
    Ese toque es el que cambia vidas, ahora nosotros podemos ser “sus manos” y dar ese toque que cambie historias.

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